Jesuitas España

Sostener la esperanza en los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE)

Pueblos Unidos acompaña desde hace más de 15 años a las personas internadas en el CIE de Aluche. Una presencia que coordinada con el Servicio Jesuita a Migrantes en distintas obras del Sector Social de España, que busca acompañar, proteger y defender la dignidad de quienes permanecen privados de libertad.

“Un día aquí es mucho peor que un mes en la cárcel”. La frase se la dijo a Elena uno de los hombres a los que visita en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid. Desde 2018, ella acude una vez por semana a ese lugar como voluntaria de Pueblos Unidos, uno de los centros sociales de Entreculturas.

Un CIE es un centro en el que se priva de libertad a personas extranjeras en situación administrativa irregular con el objetivo de ejecutar su expulsión del país. El internamiento puede prolongarse durante un máximo de 60 días.

Pueblos Unidos, obra del Sector Social de la Compañía de Jesús y miembros del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), lleva más de 15 años entrando en el CIE de Aluche. Actualmente, un equipo de ocho personas voluntarias se reparte las visitas de lunes a viernes. Una labor que también realizan otras entidades vinculadas al SJM en los CIE de Algeciras, Valencia y Barcelona.

“Lo que hacemos es acompañar, proteger, poner quejas cuando toca y sensibilizar sobre esta realidad”, explica Iván Lendrino, coordinador del equipo de visitas. Desde Pueblos Unidos consideran que estos centros no reúnen las condiciones suficientes de dignidad, garantías y derechos humanos, y defienden su cierre.

Una persona al otro lado

El trabajo comienza, muchas veces, simplemente escuchando. Las personas voluntarias tratan de explicar derechos, orientar ante procedimientos que pueden resultar difíciles de comprender y ofrecer un espacio de confianza en medio de la incertidumbre. No siempre es posible hacer mucho más.

Elena lo resume de otra manera. Para ella, su labor es «muy pequeñita»: crear una relación entre dos personas que se encuentran al mismo nivel.

“Cuando consigo que el chico sonría, me pongo contenta, porque quiere decir que hay un trato normal entre él y yo”, explica. Antes de recoger cualquier información, pide permiso. No quiere que la persona que tiene delante sienta que responde a una encuesta, sino que tiene “su personalidad y su dignidad”.

En ocasiones, ese encuentro continúa después del CIE. Elena recuerda a un hombre que fue finalmente expulsado del país y que, tiempo después, le hizo llegar fotografías de su hijo recién nacido. Otros salen y desaparecen de su vida sin que llegue a saber qué ocurrió con ellos.

Son vínculos pequeños, pero suficientes para romper una primera frontera: la que convierte a quien migra en una categoría y deja de verlo como una persona concreta.

Acompañar en la incertidumbre

Iván Lendrino explica que en el CIE conviven situaciones muy diferentes. Hay personas que llevan poco tiempo en España y otras que han construido aquí buena parte de su vida, con trabajos, relaciones y familias.

El internamiento las sitúa de repente ante la posibilidad de una expulsión y en un contexto que, según describe, genera “mucha ansiedad, mucha preocupación” y desorientación.

A ello se añade la dificultad para comprender los procedimientos legales. Lendrino habla de un “laberinto” de abogados, órdenes de expulsión, internamientos o solicitudes de asilo que puede ser difícil de entender para cualquier persona y todavía más para quien no domina el idioma. A veces, incluso la persona puede ser expulsada sin que le haya dado tiempo a hablar con abogados, defenderse o conocer sus derechos.

Pueblos Unidos advierte también de las limitaciones en la atención sanitaria y, especialmente, en el cuidado de la salud mental dentro de estos centros.

Para Lendrino, los CIE no pueden entenderse de manera aislada. Son “una expresión de algo más grande”: unas políticas migratorias que, considera, están endureciendo la respuesta hacia las personas migrantes y sustituyendo una mirada de hospitalidad y acogida por otra marcada por la hostilidad.

Sostener la esperanza con vigilias

Esta realidad se hace especialmente visible en las vigilias que cada año impulsan las entidades del SJM. La más recuente fue celebrada en Madrid el pasado 26 de septiembre, bajo el lema «Sostener la esperanza ante fronteras que encierran», congregando a más de 150 personas.

Oración, silencio, canto y testimonios de personas migrantes han servido para recordar las vidas que permanecen ocultas detrás de sus muros. Las historias y las personas son distintas, pero a todas hay que acercarse y aunar esfuerzos.

Desde una mirada ignaciana, explica Lendrino, eso significa evitar contemplar a quien se encuentra en una situación vulnerable únicamente desde sus necesidades. “No tenemos soluciones definitivas para sus situaciones”, reconoce, pero a veces la tarea consiste simplemente en “caminar junto a la persona” durante un momento especialmente difícil.

"Ser un poco más universal"

Elena había conocido el trabajo de la Compañía con las personas migrantes antes de comenzar su voluntariado en Madrid, en Jordania, después de vivir durante décadas fuera de España.

Cuando regresó, ya jubilada, buscó dónde colaborar. “Me gusta su manera de acercarse a la gente», explica. Desde febrero de 2018, su cita semanal en Aluche le ha permitido encontrarse con personas que probablemente nunca habría conocido en su vida cotidiana.

“Esto me aporta la relación con una persona que no iba a encontrar en la calle de mi barrio; abrirme un poco más a lo que vivimos en nuestro país, ser un poco más universal, digamos. O intentarlo por lo menos”.

Esa universalidad comienza, para ella, reconociendo una misma dignidad. “Nunca jamás de mayor a pequeño, sino al mismo nivel. Somos todos iguales. La dignidad está en cada ser humano. Lo dice el papa León”

Tras los muros del CIE, esa convicción se concreta en gestos pequeños: escuchar una historia, explicar un derecho, acompañar una incertidumbre o conseguir, siquiera por un momento, una sonrisa.

Una forma de estar cerca que comienza por mirar a quien se tiene delante no desde su condición de migrante o su situación administrativa, sino desde su dignidad y su propia historia, para ofrecerle esperanza en tiempos de incertidumbre.