«Por su propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura progresiva, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua»Papa Francisco (Fratelli Tutti, n. 95)
A finales del mes de julio nos sobrecogió la entrada de decenas de miles de personas en Ceuta, que arriesgaron su vida para cruzar una frontera. La inmensa mayoría decidió regresar en los dos días siguientes. No nos olvidamos de las 141 personas que dejaron su vida en el intento.
Para la ciudad de Ceuta, por más que esté cimentada como un espacio de frontera, abierta al encuentro y a la diversidad social, étnica y religiosa, reconocemos el fuerte impacto que supone recibir de manera abrupta una llegada de población de una magnitud prácticamente equivalente a la población residente en Ceuta” y que llegaron, en general, con casi nada y en condiciones de enorme vulnerabilidad. Situaciones como esta ponen a prueba la convivencia, especialmente cuando no existe una gestión migratoria adecuada ni una respuesta humanitaria capaz de garantizar la dignidad y los derechos de quienes llegan.
En Ceuta llevamos más de un mes en una situación de emergencia humanitaria. Necesidades básicas como el alojamiento, el acceso a agua, alimentos y saneamiento o una mínima atención sanitaria han sido inaccesibles para una mayoría de quienes permanecen allí. Colectivos como las niñas y las mujeres solas ven especialmente afectada su protección y se exponen a riesgos de acoso, abuso y otras formas de violencia.
Un número indeterminado de quienes entraron decidió permanecer. No hay una cifra cerrada ni de quienes llegaron —en torno a 80.000 --, ni de quienes retornaron voluntariamente en los días posteriores —unos 65.000-70.000, en su mayoría hombres de nacionalidad marroquí—, ni de quienes han seguido regresando durante estas semanas. Y, sobre todo, ya en el mes de septiembre, no existe certeza sobre cuántas personas permanecen en Ceuta. Sabemos algo más de quiénes son, pero no tanto de cuántos son.
Respecto al cuántos, nos movemos entre la cifra oficial, unas 5.000 personas, claramente por debajo de la realidad, y las 9.000 que señalan otros actores y que concuerda más con lo que hemos visto y sabemos. Respecto a quiénes, tenemos algunas certezas: entre 2.000 y 3.000 son infancia no acompañada, en su mayoría marroquí, pero también de otras muchas nacionalidades. Más de 2.000 son personas procedentes de países subsaharianos y de otras nacionalidades con perfiles de protección internacional, que en otras circunstancias tendrían con mucha probabilidad opciones de acceder a dicha protección. Han atravesado África por rutas interminables, imposibles y peligrosas, huyendo del conflicto y de la extrema desigualdad. Entre la población adulta marroquí hay también colectivos especialmente vulnerables, como mujeres solas y personas LGTBIQ+.
Todas, sin excepción, tienen derecho a ser escuchadas, a acceder a un proceso debido, a ser informadas de todas las alternativas legales y a tomar sus propias decisiones sobre los pasos que quieran seguir. No se trata solo de solidaridad, sino de aplicar la legislación española y europea y la normativa internacional en materia humanitaria y de protección. Estamos, por tanto, ante un reto no solo de acogida y respuesta humanitaria, sino también de convivencia.
LA RESPUESTA DE JESUITAS SOCIAL - SJM
Hay que entender que esta crisis sucede en Ceuta, pero sus implicaciones desbordan con mucho el territorio y conectan con toda la lógica migratoria y de protección que es, para la Compañía de Jesús y para la Iglesia, una prioridad misional que nos convoca.
Con el estallido de esta crisis decidimos acudir a Ceuta y llegamos el 3 de agosto, gracias a la disponibilidad de Javier Moreno, responsable del grupo jurídico del SJM, con cuatro objetivos: aportar a la coordinación entre los actores presentes en Ceuta y en el resto del país; monitorizar la situación humanitaria y de protección; sumar al apoyo jurídico con un carácter estratégico; y contribuir a las estrategias de incidencia local y nacional.
El aterrizaje en Ceuta se hizo encajando en la respuesta en red que la sociedad civil y la Iglesia pusieron en marcha desde el primer día. Nos sumamos a una respuesta organizada con el liderazgo de la Asociación Elin y de las Hermanas Vedrunas, trabajando en coordinación con ellas y con muchas otras organizaciones locales y nacionales.
Ligado al monitoreo, colaboramos en la identificación de necesidades y riesgos, especialmente entre los grupos en situación de mayor vulnerabilidad. Se detectaron riesgos vinculados al tráfico, la trata y el abuso sexual, incluidas las niñas. Saber quién está es el primer paso para poder ofrecer apoyo y protección. Por eso, una acción especialmente relevante fue contribuir al censo, sobre todo de niñas y mujeres solas, como vía de entrada a espacios de protección de la mano de organizaciones locales, asociaciones barriales y otras organizaciones estatales.
En relación con el apoyo jurídico, nos incorporamos a un equipo legal sobre el terreno junto con cuatro abogados y abogadas de otras organizaciones. La asistencia jurídica es clave y los recursos siguen siendo totalmente insuficientes ante la magnitud de las necesidades. Se han apoyado casos de altísima vulnerabilidad, pero también con un carácter estratégico, buscando abrir opciones de litigio, favorecer el control judicial y facilitar el acceso a los procedimientos migratorios y de asilo, tanto en el caso de la infancia no acompañada como de quienes presentan necesidades de protección internacional.
Las estrategias de incidencia se desplegaron en dos sentidos. El primero, desde Ceuta, muy enfocado a responder a las vulneraciones humanitarias y acelerar el acceso a los procedimientos de migración y asilo. Se mantuvieron reuniones con las ministras de Igualdad, Juventud y Sanidad, contactos con la Fiscalía de Menores y la Oficina del Defensor del Pueblo, y actuaciones con la Policía, la Guardia Civil, la Delegación del Gobierno y el Gobierno de Ceuta. También se mantuvieron reuniones con ACNUR y con funcionarias de la Unión Europea.
La presencia en Ceuta y la coordinación con otros actores de la Iglesia y la sociedad civil permitieron también participar en estrategias de incidencia orientadas a denunciar las consecuencias humanitarias de la crisis, recordar a las víctimas y proponer medidas concretas para un abordaje humanitario y legal, con especial atención a los grupos más vulnerables y la construcción de narrativas de esperanza.
Seguimos hoy con el acompañamiento legal, la coordinación con los equipos humanitarios y jurídicos y el trabajo conjunto con organizaciones locales y aliadas. Mantenemos también la relación con otras organizaciones de Iglesia y sociedad civil para sostener la incidencia y la presión política. La crisis de Ceuta conecta con estrategias permanentes en cuestiones como el Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA), en las que distintas obras del Sector trabajamos en red.
Durante este mes de septiembre evaluaremos la evolución de la crisis y el alcance de nuestra participación para definir los siguientes pasos. Puede que en unas semanas disminuya el interés mediático por lo que sucede en Ceuta, pero la crisis humanitaria, el acceso justo a los procedimientos legales de migración y asilo y la necesidad de construir marcos de paz, encuentro y convivencia seguirán presentes.
El reto será, precisamente, cómo acompañar esta realidad más allá de la emergencia y cómo contribuir a abrir caminos de esperanza: caminos que permitan garantizar derechos, proteger a quienes se encuentran en mayor vulnerabilidad, favorecer el encuentro y fortalecer la convivencia en Ceuta y en el conjunto de la sociedad. El reto también es entender que la crisis en Ceuta no es un episodio aislado, y ha sido posible también por una elección, en Europa y en el mundo, por la construcción de un modelo de sociedad más desigual y excluyente y por propuestas migratorias más restrictivas.
ALGUNAS CLAVES PARA OBSERVAR ESTA CRISIS HUMANITARIA
Estamos ante una crisis “con” migrantes, pero no de migrantes. Una crisis que afecta a la población migrante, pero que no es una crisis migratoria. Quienes han llegado han sido víctimas de una doble instrumentalización: primero, la que generó el éxodo masivo, totalmente fuera de los rangos “normales” de este flujo migratorio y de esta vía de entrada; y, segundo, la instrumentalización política, mediática y de grupos extremistas que se ha producido en España, pero también a nivel europeo e incluso global.
Esta instrumentalización, unida a la falta de respuesta humanitaria y a la paralización de procedimientos migratorios y de asilo, ha contribuido a una crisis de convivencia en Ceuta y al fortalecimiento del discurso anti migrante en toda España.
Insistimos en la necesidad de poner en el centro la dignidad de toda persona, empezando por la respuesta humanitaria y la protección de quienes se encuentran en mayor riesgo, especialmente la infancia no acompañada. En palabras del Papa León XIV en su reciente visita a Arguineguín, en Canarias: «la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
En la medida en que se avance en el respeto a la dignidad de quien llega, se cuida también la dignidad de quien recibe. La relación entre el deterioro de la convivencia en Ceuta y la deficiente respuesta humanitaria constituye otro de los aprendizajes de lo que estamos viviendo.
Organizaciones de la Iglesia y de la sociedad civil, algunas presentes en Ceuta y otras que acudimos en apoyo a la emergencia, hemos desempeñado un papel importante. Pero, sin duda, uno de los factores más relevantes ha sido el encuentro entre dos fuerzas: la creatividad, la capacidad de organización y el deseo de horizonte de quienes llegaron; y la fuerza de la acogida y protección de numerosas organizaciones barriales y de miles de mujeres y hombres ceutíes que entendieron, una vez más, que el mundo que necesitamos se construye con solidaridad, empatía y justicia.
Queremos reconocer a la sociedad de Ceuta en su conjunto. Queremos ser como Teresa, que abrió su casa a Aisha, sus dos hijas y su hijo, ofreciéndoles refugio y comida. Celebramos a las asociaciones vecinales que acondicionaron sus espacios para proteger a niñas y mujeres frente al riesgo de abuso, trata u otras formas de violencia. Nos identificamos con tantas personas de Ceuta que llevaron ropa, alimentos y sonrisas a la playa del Trampolín antes incluso de que llegaran nuestras organizaciones.
Durante estas semanas, en las que todos hemos llegado tarde a Ceuta, hemos reconocido cómo la hospitalidad ha sido una de las mejores respuestas y cómo sus principales portadoras han sido la ciudadanía ceutí y sus organizaciones. Ceuta sí llegó a tiempo y lo hizo con recetas de esperanza y hospitalidad. La hospitalidad no es solo una opción de acogida integral del otro/a, sino una propuesta de encuentro que nos ubica con los/as demás y nos transforma en clave de humanidad y con horizonte de reconciliación y justicia. Reconocemos la expresión concreta en la Hospitalidad que, como resistencia y como propuesta, existe también en Ceuta.
"La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables —económicos, culturales y tecnológicos— en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo"(Papa León XIV, Magnifica Humanitas, n. 74)