Es el título de un libro, una frase que expresa de una forma clara y certera lo que percibes cuando trabajas con niños y niñas que pertenecen al sistema de protección infantil y viven en un centro de menores. Niños que tienen unas historias de dolor que no podemos siquiera imaginar. Que han sido maltratados, descuidados, abusados. Hijos de unos padres que no han sabido darles los cuidados que necesitaban, muchas veces porque sus propias circunstancias personales no les han permitido hacerlo (padres con consumos, enfermos mentales, procedentes de familias desestructuradas) y algunas veces porque ni siquiera han querido dárselos.
Estos niños no han tenido el privilegio de crecer en un entorno de afecto, protección y cuidados que les haya permitido desarrollarse en la creencia básica de que el mundo es bueno. Por el contrario, crecen sobreviviendo, adaptándose lo mejor que pueden a lo que les toca en cada momento (un familiar que les acoge, una adopción, el centro de menores, la llegada de la mayoría de edad que en muchos casos supone la pérdida de apoyos). Creen que eso es lo que se merecen, que algo malo debe haber en ellos y se sitúan como culpables de la injusticia que viven.
Acompañar a estos niños día a día, en las horas que estás en el trabajo y en las horas en las que físicamente no estás, pero los tienes en la cabeza y en el corazón, va configurando una buena parte de lo que eres y de tu manera de estar en el mundo. Exige necesariamente (aunque nos resistamos) un proceso personal que implica muchos aprendizajes.
Aprender a mirar. Su dolor muy rara vez se expresa con llanto o con tristeza. Estos niños gritan, chillan, insultan, no paran quietos, agreden. Es lo que vemos la mayor parte de las veces cuando nos acercamos a ellos. Son como un enorme iceberg oculto en su mayor parte y del que solo vemos la punta. El reto está en ver lo que hay debajo, y para esto es necesario olvidarse de que cuando una está siendo con ellos respetuosa, cuidadosa, amorosa incluso, merece una respuesta acorde. Yo solo he podido hacer esto cuando he comprendido que sus conductas y respuestas ante mí eran la única respuesta que se podían permitir después de que otros adultos les hubieran hecho daño. Entender esto cambia la mirada y entonces eres capaz de responderles según lo que ellos necesitan y no según lo que tú crees o sientes.
Aprender a acompañar. Desde el vínculo con cada uno de ellos, con el compromiso de que te vas a mantener a su lado, aunque las cosas se pongan feas. Aunque nos lo pongan difícil y nos den mil motivos para dejarles… con justificaciones que todos entenderían. Y acompañarlos en lo que son, reconociendo su valentía, legitimando su manera de expresarse pues les ha servido para sobrevivir y ayudarles a ir conociendo otras relaciones en las que no es necesario estar defendiéndose y en alerta constante. Hacer este acompañamiento sin imponer condiciones, simplemente porque tienen derecho a ello.
Aprender a sostener. Sostenerlos a ellos cuando tiran la toalla, cuando sienten que no merece la pena y que las cosas no van a mejorar. Otro derecho del que no han disfrutado: la seguridad de contar con un adulto que les sostenga cuando ellos no puedan hacerlo por sí mismos. Aprender a dejarse sostener por tus compañeros en momentos difíciles en los que una no ve el camino por el que continuar. Y sostener tu propia frustración, porque el éxito (según los criterios habituales) es escaso y muchas veces no proporcional al esfuerzo invertido. Aquí sostener se convierte en sinónimo de confiar.
Aprender a reconciliarse. Para mí es lo más difícil: tener una mirada reconciliada con las familias de los niños, con las personas que les han dañado y que muchas veces no les permiten avanzar. Te salen muy de dentro las ganas de invalidarlos como padres y como personas, de humillarlos y descalificarlos. Porque te toca el corazón ver cómo sufren sus hijos y les culpas. Les juzgas y los condenas. Y de nuevo hay que volver a aprender a mirar, a la necesidad de mirarlos con los mismos ojos que a sus hijos, desde la realidad que les da su historia de vida y sus propias heridas. Así puedes reconocer al niño herido que hay dentro de ellos. Entonces ya no puedes condenarlos y va apareciendo la comprensión. Hace unos días un niño de ocho años estaba jugando con una educadora a hacer figuritas de papel. Al niño se le da realmente bien y a la educadora bastante mal. Cuando él se da cuenta se ríe de lo mal que lo hace la educadora y ella le responde que tiene razón, que no es buena con el origami, que hay otras cosas que sabe hacer mejor. Respuesta del niño: tú eres buena en ser buena. No he oído respuesta más bonita.
Lucía MoránFundación Hogar de San José (Gijón).Red Mimbre